
Tenía que escaparse de casa precisamente en el aniversario de la muerte de María. Pobre Robert, se aferraba a la tumba de su madre más que a los hierbajos que cubrían la inscripción. Su llanto se me metía en los oídos. “¡No me quites el talismán!”, “¡Es para mamá!”. Se puso como una fiera cuando intenté arrancárselo de la mano. Al final, no era más que una piedra gris que se había desprendido de la lápida, así que le dejé que se quedara con ella, pero ni con esas paró de llorar.
Hasta aquel hombre negro vestido de blanco se le quedó mirando fijamente. Parecía uno de esos adictos a las supercherías que se pasean entre las tumbas buscando adeptos. Llevaban meses acosándome. Esa carroña se alimenta de las desgracias de cementerio. Robert le hizo un gesto con la mano mientras nos íbamos. El hombre agitó unos de sus collares de oro en señal de respuesta y, después de enfrentar mi mirada de rechazo, se fue de allí.
Cuando llegamos a casa, metí a Robert en la cama entre hipos y sollozos. Estaba más agarrado a ese trozo de roca que a su propia vida. Después, deseé encerrarme otra vez en mi despacho para ver la foto de María. Pero antes, me detuve un instante en la puerta del cuarto de mi hijo y me quedé allí clavado, sin una palabra de aliento con la que consolarle. Despacio, me dirigí al despacho y cerré la puerta tras de mí.
Dios sabe cuantas veces intenté quitarle a María esos cigarrillos mentolados. Y el doctor Foster, que le advirtió mil veces que sus pulmones no soportarían ese ritmo. Pero ella no hacía caso, prefería sonreír y callar. Aunque los pulmones le sangraran y la tos no la dejara respirar. Siempre sonreír y callar, como la perfecta esposa y madre. Solo que ahora, tres metros y medio de tierra mojada y una losa de mármol frío me separaban de ella. Y que esos santeros locos no intentaran venderme lo contrario. Mi mujer estaba muerta y enterrada. Llevaba un año entero repitiéndome a mí mismo la misma frase. Y ¡qué muñeca vudú ni qué cuento chino! Su alma se había ido para siempre. A fuerza de decirlo, algún día acabaría por asimilarlo. Miré el reloj, las nueve y media.
- Robert, hijo, a cenar.- le grité desde el despacho.
- ¿Qué hay?
- Lasaña de microondas.
- ¿Cómo ayer?
- Eso era pizza de microondas.
- Me da igual, no quiero. Quiero estar con mamá.- me respondió a lo lejos. No puedes, cariño, le gritaría, mamá lleva un puto año enterrada y no creo que te gustara estar ahí abajo con un cadáver putrefacto, así que deja esa jodida roca y...
- Ven a cenar. Es la última vez que te lo digo.
- ¡Qué no! Quiero quedarme con el talismán. El doctor me ha dicho que vale.
- Me da igual con lo que te quedes, pero tienes que comer algo.
- No.
- Sí.
- ¡Qué no! Me lo ha dicho el doctor.
- ¿El qué? ¿Qué te mueras de hambre?
- No, que si deseas mucho, mucho una cosa, al final se cumple. Por eso no debo dejar de apretar el talismán, aunque me haga sangre.
- Me da igual lo que haya dicho ese doctor loco. Voy a contar cinco, pero a la de tres quiero que estés aquí con un petardo en el culo, ¿estamos?- le dije. Aunque bien podía haber llegado hasta mil, porque no me respondió.
- Uno, dos, tres...- mientras contaba, me di cuenta de que la foto de María había desaparecido. - ¡Cuatro y cinco! ¿No se te habrá ocurrido coger el marco de mamá, verdad?
- Iba a decírtelo, pero me daba miedo que te enfadaras.- dijo a punto de echarse a llorar. Cerré la puerta del despacho de un golpe y di un puñetazo en la suya con todas mis fuerzas.
- Te la estás jugando, enano. Dame el marco ahora mismo.
- No puedo. Es parte del encargo.
- ¿Qué encargo?
- Es un regalo, un regalo para los dos. Y también para el doctor.
- ¿Pero qué coño te ha dicho el doctor Foster?
- Es que no es ese doctor. Es el señor negro. Se llama
bokor, creo que así se dice doctor en su idioma.
- ¿No será ese loco del cementerio? Robert, ese tipo no es médico.
- Pues va de blanco, como el doctor Foster, y dice que puede curar a mamá. A cambio ella solo tiene que trabajar para él. Dice que tiene una plantación enorme y que todos podemos vivir allí.
- ¡Robert abre la puerta!- giré una y mil veces el picaporte. Pero estaba atrancado desde dentro.
- Dice que si seguimos las instrucciones nos devolverá a mamá, y que seremos muy felices, allí con ellos. Pero que hay que rezar mucho para que siga siendo la misma después del viaje.
- Pero, ¿qué viaje?, hijo. Mamá está muerta. De ahí no se puede volver. Vamos, ábreme.- Golpeé la puerta, pero no cedía. Apreté los puños contra la madera hasta que los nudillos me estallaron de dolor.
- ¡Qué sí! El doctor Bokor me lo explicó. La foto, el talismán y la oración. Mira, es así...
- ¡No lo digas! Robert, hijo, escúchame, si tiras el talismán y me devuelves la foto, cocinaré todos los días y no volverás a comer lasaña de microondas. Pero, prométeme que no jugarás con esas cosas.- me temblaba la voz, las manos, las piernas. Ahogué una risa nerviosa. Y todo por esa mierda de supercherías, de mentiras de cementerio. María estaba muerta, muerta, y ningún negro supersticioso nos la iba a devolver. Sentí un escalofrío por la espalda al imaginarla de pie, frente a mí, con los ojos en blanco, el cigarrillo en la boca y la mortaja resbalándole hasta los tobillos.
- Tú no sabes cocinar, no como ella.- gritó Robert. Su voz sonó amortiguada por la madera, como si tuviera la boca pegada a la puerta. Giré una vez más el picaporte, parecía que empezaba a ceder.
- Vamos, hijo. A partir de ahora las cosas cambiarán.
- Mentiroso, no te creo, siempre estás enfadado. No quiero estar contigo. Quiero ir con mamá.- sentí un golpe al otro lado de la puerta. Intenté girar el pomo de nuevo, pero ya no se movía. Me di cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas, cuando Robert empezó a rezar como si tuviera entre sus manos una cartilla escolar. - Al-es-pí-ri-tu rue-go pa-ra que car-gue de vir-tu-des es-te ta-lis-mán.- Que-su-luz guí-e a ma-má has-ta a-quí. A-sí se-a.- poco a poco, su voz se volvió tan imperceptible que dejé de escucharla.
Al cabo de unos instantes, la puerta del cuarto se abrió silenciosa. Robert todavía recitaba en voz baja, pero esta vez no era una oración.
- Y entonces papá me dijo que si no me portaba bien me castigaría sin cenar. Aunque, la verdad es que siempre está demasiado cansado para cocinar. No es como tú.
Aún tenía la foto en la mano. Me pareció que una sombra se dibujaba al fondo del cuarto. Aspiré una bocanada de humo mentolado y tierra mojada. Recé para que fuera el viento, pero la ventana estaba cerrada.
SOBRE ESTE RELATO- ¡Ay, María, María! Como decía Santana (y más gente...).
- Lo escribí hace mil años (en concreto, una semana), pero no he tenido mucho tiempo para el blog últimamente.
- Inconscientemente, este texto bebe un poco de 'La carretera', que narra la relación de un padre y su hijo.
- Por si acaso: Un bokor es un sacerdote budú que, según esta creencia, puede devolver la vida a los muertos. Se dice que estos hombres tan afables se dedican a animar cadáveres a modo de trabajadores (eufemismo de esclavos) para sus plantaciones. Cosas de Nueva Orleans, patria de las 'Crónicas vampíricas' :D.
- La propuesta de la semana pasada era muy interesante. Consistía en escribir un cuento basado en el esquema de uno de los argumentos universales que proponen Jordi Balló y Xavier Pérez en 'La semilla inmortal'. Un libro más orientado al cine que a la literatura, pero que recomiendo encarecidamente. La mejor técnica de desbloqueo que he encontrado hasta ahora.
- Yo escogí 'La creación de la vida: Prometeo y Pigmalion'. Se basa en el mito griego de Prometeo, que robó el fuego de los dioses, una metáfora del progreso, para dárselo a los hombres. Normalmente, el héroe, sea Prometeo, Pigmalión o Víctor Frankenstein, peca de rebelde y arrogante y suele ser castigado por sus actos. Recordemos la frase mítica que el mostruo de Frankenstein le dedica a su creador en la versión dirigida y protagonizada por Kenneth Branagh: "¿Alguna vez consideraste las consecuencias de tus actos?" Creo que este tipo de castigos, más que de índole divina, son el precio que el propio creador ha de pagar por su soberbia.
- Mi relato es una variación del mito. En esta historia, es un niño el que se atreve a cruzar la línea entre la vida y la muerte para recuperar a su madre. Más que de pretencioso, mi personaje peca de ingenuo, no busca la gloria, la ciencia o la divinidad, tan solo quiere recuperar el cariño de su madre. Y, esto encadena con la siguiente cuestión, porque...
- El auténtico conflicto de este relato reside en el personaje del padre. Un hombre que, destrozado por la pérdida de su esposa, ha descuidado a su hijo. Moraleja: Padre, cuida de tus hijos o serás castigado. En este aspecto, mi relato se aleja del mito de Prometeo y se adentra en otros laberintos.
- Por otra parte, es un (otro) experimento. En esta ocasión he intentado desarrollar el clímax del relato a través de un diálogo. Esta tarde lo leeré en clase.
- La última crítica que me hicieron me gustó mucho. Leí 'Mamá' en voz alta y, después de ver las cosas buenas y malas del relato, el profesor me dijo, "Un relato simplemente atroz". Y, es que, esa era precisamente mi intención :D.