Una palabra vale más que mil imágenes

viernes 13 de noviembre de 2009

'La semilla inmortal'


No puedo dejar de recomendar este libro a... ¡todo el mundo! A todos aquellos que gusten del cine clásico o moderno. A los amantes de la buena literatura. A los entendidos en mitología griega. Y sobre todo a todas aquellas personas que disfruten enfrentándose cara a cara con el guerrero de la página en blanco, que no siempre es fácil de vencer.

'La semilla inmortal', de Jordi Balló y Xavier Pérez es un ensayo que sintetiza los argumentos universales del cine ejemplificando cada uno de ellos con las películas de toda la vida. Es uno de los mejores desbloqueos que he encontrado nunca, ya que permite elaborar una historia simplemente siguiendo los esquemas de un argumento arquetípico que aunque, eternamente utilizado, se reinventa cada vez que cae en manos nuevas.

Estos son los temas (más bien, el índice del libro):

  • A la busca del tesoro: "Jasón y los argonautas"
  • El retorno al hogar: "La Odisea"
  • La fundación de la nueva patria: "La Eneida"
  • El intruso benefactor: "El Mesías"
  • El intruso destructor: "El Maligno"
  • La venganza: "La Orestíada"
  • El mártir y el tirano: "Antígona"
  • Lo viejo y lo nuevo: "El jardín de los cerezos"
  • El amor voluble y cambiante: "El sueño de una noche de verano"
  • El amor redentor: "La bella y la bestia"
  • El amor prohibido: "Romeo y Julieta"
  • La mujer adúltera: "Madame Bovary"
  • El seductor infatigable: "Don Juan"
  • La ascensión por el amor: "La Cenicienta"
  • El ansia de poder: "MacBeth"
  • El pacto con el demonio: "Fausto"
  • El ser desdoblado: "Jekill y Hyde"
  • El conocimiento de uno mismo: "Edipo"
  • En el interior del laberinto: "El castillo"
  • La creación de vida artificial: "Prometeo y Pigmalión"
  • El descenso al infierno: "Orfeo"
Después de este brainstorming ya no hay excusa para no escribir :D

Un padre y su hijo en 'La carretera'


Hace unos días, terminé de leer 'La carretera', de Cormac McCarthy. El libro exhibe una prosa breve y concisa que atraviesa gracias a su propia sencillez y dureza. Narra la odisea de un padre y su hijo por sobrevivir en un mundo apocalíptico donde la mayor parte de la población ha sucumbido a un virus y los pocos supervivientes que quedan salen del paso gracias al canibalismo...

Como en todas las situaciones límite se plantea el eterno dilema: ¿matar o morir? Y, es que, a veces, sobrevivir en un mundo inhóspito conlleva dejar solo a un viejo senil que espera la muerte en el borde de la carretera o abandonar a su suerte a un niño que vagabundea solo por un pueblo abandonado.

Padre tiene la suficiente sangre fría como para dejar atrás a tantos otros en el camino o disparar a cualquiera que se acerque sin preguntar primero. Hijo, no solo es su protegido, también es su conciencia. Y llora a escondidas por todos aquellos que se tragó el infierno de ceniza en el que se ha convertido el mundo. Mientras, Padre duerme, coge fuerzas para defender a su pequeño a como de lugar, más allá de toda ética o convicción moral.

En mi opinión, se trata de un libro muy bueno y con mucha fuerza. Aunque es muy duro y deja muy (pero muy) mal cuerpo. Además, me falla el desenlace. Es cierto que plantea muchos conflictos y dilemas morales, pero los deja caer sin llegar a ninguna conclusión.

Me gusta este autor. También disfruté mucho leyendo 'No es país para viejos'.

Adornos




Tus adornos navideños caerán por el balcón antes de largarme de nuestra casa, de tu casa, una jodida casa de chica, porque con todas esas cursiladas nadie diría que hasta ayer era la nuestra. Al abeto, le reservo un destino mejor. A lo mejor me quedo a ver la cara que pone tu jefe cuando llegue a tu esperada cena de Navidad. Con el pisapapeles con nieve dentro que me regalaste, ya veré lo que hago.

Abro el balcón y el viento helado silba entre los visillos, agita las cortinas y deja que el agua nieve se cuele en nuestra habitación. Perdón, en la tuya. La caja de cartón descansa a mi lado. Roza con mi pierna y rebosa de renos con la nariz resfriada, viejos colorados vestidos con pompones, trompetitas, bastoncitos, campanillas y yo qué sé qué más chorradas a las que hacías más caso que a mí.

Al detalle, tú siempre al detalle. Aunque eso signifique olvidarse de lo importante. Eso sí, tu puta casa, siempre perfecta a ojos de los demás. A las cenas de trabajo, a las comidas de tu jefe. Una jodida casa de chica siempre lista para recibir invitados y redactar informes. No vaya a ser que tus colegas piensen que no eres de fiar, que la ejecutiva feminista de zapatos de tacón no es tan independiente como las mujeres de su tiempo.

Aspiro una bocanada de aire frío con un Papá Noel bien mullido en la mano. Cojo impulso con la mano derecha y le dejo volar sin trineo. Muerto de frío es todavía más navideño. Aunque sin chimenea, a lo mejor se queda en la carretera hasta que un coche le salte los botones de un golpe. Está muy solo, así que, para que nadie diga que el ex novio de la ejecutiva independiente es un tipo cruel, le mando compañía. Ahora, una cabeza de reno atada a una bota tamaño gigante, dos gorritos de Papá Noel y una corona de muérdago, que parece más fúnebre que navideña rodean al Santa Claus suicidado.

Y, ¿quién traerá los juguetes a los niños si Papá Noel ha muerto? Para que los pobres no tengan que esperar a los Reyes Magos, podemos compartir los restos de tu caja de cartón, ¿verdad, cariño, que a los demás ejecutivos no les importará?

Dejo el pisapapeles encima de la cama y levanto el resto de los adornos sobre mi cabeza como un peso pesado. En la calzada ya descansa Papá Noel, que duerme boca abajo rodeado de su séquito de animales constipados. Así que, no vayamos a provocar un accidente, cariño, el resto de tus adornos cursis irán a morir a la acera. Lo tiro todo por el balcón, caja incluida, y en un momento, la calle se llena de pastorcitos con sonrisas de oreja a oreja, ángeles con partituras de plástico en manos de plástico, cascabeles oxidados y ovejitas de lana sucia.

Cuando los ejecutivos lleguen a nuestra casa, o sea, tu casa, seguirán el rastro de muñecos mutilados como miguitas de pan. Cada vez tengo más claro que me voy a quedar a verlo, cariño. Puede que hasta me reserve unas bolas del árbol para arrojárselas a la cabeza al equipo de ejecutivos. O, si tuviera la suficiente sangre fría, incrustarle a tu jefe la bola de nieve que me regalaste en mil pedazos.

Todavía descansa en tu cama. Llena de falsa escarcha y nieve de papel. Inspiro una bocanada de aire sobre ella. El cristal se empaña, casi no se ven los bancos del parque, ni los niños que patinan en la pista de hielo, ni el enorme árbol de Navidad que lleva dentro. Era mi detalle. Y nadie más podía verlo porque era solo para mí, no como tus adornos de expositor. La bola es del tamaño de mi mano. La aprieto fuerte y le imprimo la huella de mis dedos. Tan fuerte que no puedo dejarla caer. Sería tan fácil como girar la muñeca y extender la palma. Tan fácil y tan difícil, porque, al final, la dejo otra vez sobre la cama.

Al menos el árbol aún me espera en la bañera. Calladito y temeroso de tanta Navidad. Antes de ir a verle, enciendo la cadena de música. Un recopilatorio de villancicos para entrar en calor. Tu árbol suda en tu bañera. Sí, la de tu baño y tu casa. Tuya y solo tuya.

Ande, ande, ande. La Marimorena está bien para empezar. Enciendo una cerilla. Habría sido más propio usar una vela dorada o un angelote de cera, pero es que ya lo he tirado todo, cariño. Ya sabes que no tengo tanta mano como tú para estas cosas. El abeto es tan grande que ocupa casi toda la bañera. Abulta todavía más rodeado de tiras y tiras de espumillón rojo y plateado. Al principio pensé en arrojarlo con los pastorcitos y sus rebaños, pero luego me acordé de lo mucho que te gustaba y de lo brillante que te parecía, así que decidí que si lo quemaba con el árbol, el fuego sería más bonito. Como dirías tú, más navideño. La estrella que corona su punta arderá con el resto. Eso sí, quité las luces antes para no electrocutarme con el invento.

La Marimorena llega a su fin. Una cerilla encendida merece algo más solemne. ¿25 de diciembre, fun, fun, fun? Muy infantil y nada ejecutivo. ¿Adeste fideles? El latín es una lengua demasiado antigua para un equipo moderno y dinámico como el tuyo, ¿no te parece?. Noche de Paz, quizá. Sí, es la que tú habrías elegido.

La cerilla prende el espumillón como una mecha que se extiende por las ramas del árbol. Arde de colores, como fuegos artificiales. Los dorados y plateados se convierten en fuego antes de consumirse. Las hojas, las ramas, se deshacen lentamente. Huele a madera quemada, a ejecutivos frustrados que me roban tu tiempo, a Navidades incendiadas, cariño, las únicas que me gustan.

El fuego se extiende. El árbol se convierte en un esqueleto de ramas sin hojas mientras la bañera empieza a amarillear. Cuando la mecha llega a la estrella devora el plástico en una pequeña explosión. ¿Lo has visto, cariño? Una estrella fugaz. Pide un deseo, que la vela está a punto de apagarse. El CD sigue sonando. Noche de Paz da paso a Campana sobre campana, Los peces en el río, Arre Borriquito y otras marchas fúnebres para tu abeto de Navidad. Abro el grifo de la ducha para terminar de apagar el fuego. Allí solo quedan cenizas.

Cierro la ventana para que no se escape el olor a quemado y cojo el pisapapeles antes de salir. Me voy dando un portazo. No tengo llaves para echar el cerrojo. Es tu casa, solo tuya. Ahora podrás organizar mil cenas con olor a incendio forestal. El frío se cuela a través de las mangas de mi abrigo. Agito la bola de nieve y otra vez es Navidad para los niños que patinan, para el árbol gigante. Intento soltarla, pero la aprieto cada vez más fuerte.

Empiezo a andar con el pisapapeles bien pegado a mi mano. El Audi de tu jefe se para en la acera de enfrente. Rojo brillante, rojo Navidad. Lo había visto por aquí en una de tantas cenas, pero es la primera vez que el super ejecutivo se baja contigo del coche, que te coge de la mano y te besa con frenesí. El pisapapeles tintinea en mis manos. Lo aprieto tan fuerte que estalla entre mis dedos. Los bancos, el parque, los patinadores y la nieve se estrellan contra el suelo, junto al resto de los adornos. Me voy de allí sin mirar atrás.


SOBRE ESTE RELATO
  • ¡Qué no! Que es absurdo que a 13 de noviembre La Rosa Negra esté plagada de adornos de Navidad y la Castellana llena de conos luminosos (a modo de árboles de Navidad vanguardistas, supongo yo). ¡Qué aún no es Navidad! Y, de ahí, este relato a modo de queja.
  • Esta semana no me acuerdo de cuál era la propuesta porque no me ha dado tiempo a leer el tema.
  • He colgado dos relatos hoy para compensar este periodo de silencio en Entrespinos. Este lo acabo de terminar (ahora que no me oye nadie, porque esto de hacer los deberes a última hora, ains, no es serio).
  • He utilizado la segunda persona para experimentar. Aunque he tenido que combinarla con la primera porque es muy limitada. Ha sido interesante usarla.
  • La idea se me ocurrió anoche a las tres y media-cuatro de la mañana, justo antes de dormirme.

Talismán


Tenía que escaparse de casa precisamente en el aniversario de la muerte de María. Pobre Robert, se aferraba a la tumba de su madre más que a los hierbajos que cubrían la inscripción. Su llanto se me metía en los oídos. “¡No me quites el talismán!”, “¡Es para mamá!”. Se puso como una fiera cuando intenté arrancárselo de la mano. Al final, no era más que una piedra gris que se había desprendido de la lápida, así que le dejé que se quedara con ella, pero ni con esas paró de llorar.

Hasta aquel hombre negro vestido de blanco se le quedó mirando fijamente. Parecía uno de esos adictos a las supercherías que se pasean entre las tumbas buscando adeptos. Llevaban meses acosándome. Esa carroña se alimenta de las desgracias de cementerio. Robert le hizo un gesto con la mano mientras nos íbamos. El hombre agitó unos de sus collares de oro en señal de respuesta y, después de enfrentar mi mirada de rechazo, se fue de allí.

Cuando llegamos a casa, metí a Robert en la cama entre hipos y sollozos. Estaba más agarrado a ese trozo de roca que a su propia vida. Después, deseé encerrarme otra vez en mi despacho para ver la foto de María. Pero antes, me detuve un instante en la puerta del cuarto de mi hijo y me quedé allí clavado, sin una palabra de aliento con la que consolarle. Despacio, me dirigí al despacho y cerré la puerta tras de mí.

Dios sabe cuantas veces intenté quitarle a María esos cigarrillos mentolados. Y el doctor Foster, que le advirtió mil veces que sus pulmones no soportarían ese ritmo. Pero ella no hacía caso, prefería sonreír y callar. Aunque los pulmones le sangraran y la tos no la dejara respirar. Siempre sonreír y callar, como la perfecta esposa y madre. Solo que ahora, tres metros y medio de tierra mojada y una losa de mármol frío me separaban de ella. Y que esos santeros locos no intentaran venderme lo contrario. Mi mujer estaba muerta y enterrada. Llevaba un año entero repitiéndome a mí mismo la misma frase. Y ¡qué muñeca vudú ni qué cuento chino! Su alma se había ido para siempre. A fuerza de decirlo, algún día acabaría por asimilarlo. Miré el reloj, las nueve y media.

- Robert, hijo, a cenar.- le grité desde el despacho.

- ¿Qué hay?

- Lasaña de microondas.

- ¿Cómo ayer?

- Eso era pizza de microondas.

- Me da igual, no quiero. Quiero estar con mamá.- me respondió a lo lejos. No puedes, cariño, le gritaría, mamá lleva un puto año enterrada y no creo que te gustara estar ahí abajo con un cadáver putrefacto, así que deja esa jodida roca y...

- Ven a cenar. Es la última vez que te lo digo.

- ¡Qué no! Quiero quedarme con el talismán. El doctor me ha dicho que vale.

- Me da igual con lo que te quedes, pero tienes que comer algo.

- No.

- Sí.

- ¡Qué no! Me lo ha dicho el doctor.

- ¿El qué? ¿Qué te mueras de hambre?

- No, que si deseas mucho, mucho una cosa, al final se cumple. Por eso no debo dejar de apretar el talismán, aunque me haga sangre.

- Me da igual lo que haya dicho ese doctor loco. Voy a contar cinco, pero a la de tres quiero que estés aquí con un petardo en el culo, ¿estamos?- le dije. Aunque bien podía haber llegado hasta mil, porque no me respondió.

- Uno, dos, tres...- mientras contaba, me di cuenta de que la foto de María había desaparecido. - ¡Cuatro y cinco! ¿No se te habrá ocurrido coger el marco de mamá, verdad?

- Iba a decírtelo, pero me daba miedo que te enfadaras.- dijo a punto de echarse a llorar. Cerré la puerta del despacho de un golpe y di un puñetazo en la suya con todas mis fuerzas.

- Te la estás jugando, enano. Dame el marco ahora mismo.

- No puedo. Es parte del encargo.

- ¿Qué encargo?

- Es un regalo, un regalo para los dos. Y también para el doctor.

- ¿Pero qué coño te ha dicho el doctor Foster?

- Es que no es ese doctor. Es el señor negro. Se llama bokor, creo que así se dice doctor en su idioma.

- ¿No será ese loco del cementerio? Robert, ese tipo no es médico.

- Pues va de blanco, como el doctor Foster, y dice que puede curar a mamá. A cambio ella solo tiene que trabajar para él. Dice que tiene una plantación enorme y que todos podemos vivir allí.

- ¡Robert abre la puerta!- giré una y mil veces el picaporte. Pero estaba atrancado desde dentro.

- Dice que si seguimos las instrucciones nos devolverá a mamá, y que seremos muy felices, allí con ellos. Pero que hay que rezar mucho para que siga siendo la misma después del viaje.

- Pero, ¿qué viaje?, hijo. Mamá está muerta. De ahí no se puede volver. Vamos, ábreme.- Golpeé la puerta, pero no cedía. Apreté los puños contra la madera hasta que los nudillos me estallaron de dolor.

- ¡Qué sí! El doctor Bokor me lo explicó. La foto, el talismán y la oración. Mira, es así...

- ¡No lo digas! Robert, hijo, escúchame, si tiras el talismán y me devuelves la foto, cocinaré todos los días y no volverás a comer lasaña de microondas. Pero, prométeme que no jugarás con esas cosas.- me temblaba la voz, las manos, las piernas. Ahogué una risa nerviosa. Y todo por esa mierda de supercherías, de mentiras de cementerio. María estaba muerta, muerta, y ningún negro supersticioso nos la iba a devolver. Sentí un escalofrío por la espalda al imaginarla de pie, frente a mí, con los ojos en blanco, el cigarrillo en la boca y la mortaja resbalándole hasta los tobillos.

- Tú no sabes cocinar, no como ella.- gritó Robert. Su voz sonó amortiguada por la madera, como si tuviera la boca pegada a la puerta. Giré una vez más el picaporte, parecía que empezaba a ceder.

- Vamos, hijo. A partir de ahora las cosas cambiarán.

- Mentiroso, no te creo, siempre estás enfadado. No quiero estar contigo. Quiero ir con mamá.- sentí un golpe al otro lado de la puerta. Intenté girar el pomo de nuevo, pero ya no se movía. Me di cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas, cuando Robert empezó a rezar como si tuviera entre sus manos una cartilla escolar. - Al-es-pí-ri-tu rue-go pa-ra que car-gue de vir-tu-des es-te ta-lis-mán.- Que-su-luz guí-e a ma-má has-ta a-quí. A-sí se-a.- poco a poco, su voz se volvió tan imperceptible que dejé de escucharla.

Al cabo de unos instantes, la puerta del cuarto se abrió silenciosa. Robert todavía recitaba en voz baja, pero esta vez no era una oración.

- Y entonces papá me dijo que si no me portaba bien me castigaría sin cenar. Aunque, la verdad es que siempre está demasiado cansado para cocinar. No es como tú.

Aún tenía la foto en la mano. Me pareció que una sombra se dibujaba al fondo del cuarto. Aspiré una bocanada de humo mentolado y tierra mojada. Recé para que fuera el viento, pero la ventana estaba cerrada.


SOBRE ESTE RELATO

  • ¡Ay, María, María! Como decía Santana (y más gente...).
  • Lo escribí hace mil años (en concreto, una semana), pero no he tenido mucho tiempo para el blog últimamente.
  • Inconscientemente, este texto bebe un poco de 'La carretera', que narra la relación de un padre y su hijo.
  • Por si acaso: Un bokor es un sacerdote budú que, según esta creencia, puede devolver la vida a los muertos. Se dice que estos hombres tan afables se dedican a animar cadáveres a modo de trabajadores (eufemismo de esclavos) para sus plantaciones. Cosas de Nueva Orleans, patria de las 'Crónicas vampíricas' :D.
  • La propuesta de la semana pasada era muy interesante. Consistía en escribir un cuento basado en el esquema de uno de los argumentos universales que proponen Jordi Balló y Xavier Pérez en 'La semilla inmortal'. Un libro más orientado al cine que a la literatura, pero que recomiendo encarecidamente. La mejor técnica de desbloqueo que he encontrado hasta ahora.
  • Yo escogí 'La creación de la vida: Prometeo y Pigmalion'. Se basa en el mito griego de Prometeo, que robó el fuego de los dioses, una metáfora del progreso, para dárselo a los hombres. Normalmente, el héroe, sea Prometeo, Pigmalión o Víctor Frankenstein, peca de rebelde y arrogante y suele ser castigado por sus actos. Recordemos la frase mítica que el mostruo de Frankenstein le dedica a su creador en la versión dirigida y protagonizada por Kenneth Branagh: "¿Alguna vez consideraste las consecuencias de tus actos?" Creo que este tipo de castigos, más que de índole divina, son el precio que el propio creador ha de pagar por su soberbia.
  • Mi relato es una variación del mito. En esta historia, es un niño el que se atreve a cruzar la línea entre la vida y la muerte para recuperar a su madre. Más que de pretencioso, mi personaje peca de ingenuo, no busca la gloria, la ciencia o la divinidad, tan solo quiere recuperar el cariño de su madre. Y, esto encadena con la siguiente cuestión, porque...
  • El auténtico conflicto de este relato reside en el personaje del padre. Un hombre que, destrozado por la pérdida de su esposa, ha descuidado a su hijo. Moraleja: Padre, cuida de tus hijos o serás castigado. En este aspecto, mi relato se aleja del mito de Prometeo y se adentra en otros laberintos.
  • Por otra parte, es un (otro) experimento. En esta ocasión he intentado desarrollar el clímax del relato a través de un diálogo. Esta tarde lo leeré en clase.
  • La última crítica que me hicieron me gustó mucho. Leí 'Mamá' en voz alta y, después de ver las cosas buenas y malas del relato, el profesor me dijo, "Un relato simplemente atroz". Y, es que, esa era precisamente mi intención :D.

lunes 26 de octubre de 2009

Siddhartha y el valor del yo


El pasado sábado me terminé 'Siddhartha', la lectura perfecta para un día de sol espléndido en el que me quedé haciendo tiempo un ratito a la hora de comer. La verdad es que me ha gustado mucho este libro. Es ágil, agradable de leer y, sobre todo, relajante. Lo mismo, hasta es posible alcanzar el Nirvana entre sus líneas :D.

Es una lectura muy simbólica de la que cada persona sacaría una conclusión distinta. La mía es la importancia del 'yo'. Algo que va más allá de las circunstancias personales, los convencionalismos sociales, el tiempo o la edad. El verdadero yo ha de encontrarse a sí mismo entre todos estos cercos y limitaciones. Y, aunque con el paso de los años vamos cambiando, prevalece más allá de las distintas épocas de la vida o de la gente que nos vamos encontrando en el camino (sea un barquero, una mercader o una cortesana). Esos somos nosotros, la parte que siempre está ahí y nada ni nadie nos puede arrebatar. No hay que olvidar que debemos cuidarla mucho.

Por cierto, hablando de cortesanas... no puedo entender que un libro tan espiritual tenga una visión tan machista de la mujer. Pero esa es otra historia...

Fue una gran recomendación, no cabe duda :D

Mamá




Mamá llama a la puerta de mi habitación desde esa silla de ruedas que rechina por toda la casa, que se esconde por los rincones y escucha conversaciones telefónicas, que la conduce a mi cuarto y la lleva de regreso al suyo cuando se siente enferma y decide que esperará a mi padre, “sí, tu padre sí que es una bellísima persona”, tumbada en una cama con sábanas deshilachadas y olor a medicinas. Todavía tengo la cuchilla en la mano. El vaso con la dosis doble de sedantes lo he dejado encima de la cómoda.

Clac, clac, clac. A veces golpea mi puert con una cachaba de madera, pero casi siempre prefiere sus puños porque pegan más fuerte o retumban más en mi cabeza. Y si no abro a la segunda, insiste a dos manos, una con el bastón y la otra con sus nudillos huesudos.

- ¡Mariana, abre, que ya tengo los nervios bastante destrozados!

Y Mariana no responde, porque mamá sabe que detesto ese nombre desde antes de nacer, porque seguro que me lo puso porque yo lo odiaba y es la única que me grita ¡Mariana!, una y otra vez, ¡Mariana!, con el mismo timbre de voz a las tres de la tarde que a las cinco de la mañana.

- ¡Mari!- Y otro clac, clac, clac, que ya no sé si son golpes, puñetazos, palmas o bofetadas.
- Aquí tienes, mamá. Pero no te tocaba hasta las cinco - Antes de abrir la puerta, guardo la cuchilla en el bolsillo de mis vaqueros. Ella recoge el vaso con manos temblorosas.
- Sabe raro.- masculla con las encías, porque se niega a colocarse una dentadura postiza en condiciones.
- Que no, mamá, que son los de siempre. Se te está atrofiando el paladar con los años.
- ¡Qué años, malcriada! Delante de tu padre no me contestas así. Te falta tiempo para bajar la cabecita y mirar al suelo con tu cara de niña buena, y luego tratas a tu madre como a un trapo.
- A cada uno lo que se merece.- contesto gélida, más que eso, congelada. Tú también le pones ojitos de cordero degollado en cuanto entra por la puerta, que a mí ni me miráis a la cara cuando estáis juntos.

Porque todas las tardes es igual. Mi padre vuelve de la oficina y se frota preocupado su bigote gris cuando ella le dice que ha pasado un mal día sin dejar de mirarme. Entonces, hunde sus dedos en la melena blanca de mamá para consolarla. Luego le acaricia las manos como si fueran de cristal y se lamenta una y otra vez de que esté enferma. Será porque ahora ya no pueden encerrarse como cuando yo era niña. Entonces, solía pegar el oído para escuchar las risas y los ruidos que se colaban desde el otro lado de la puerta.

Conmigo mi padre habla aparte, solo cuando ella está dormida. Cuando me escondo en sus brazos anchos y respiro su olor a Barón Dandy, olvido que vivo con una loca huesuda y sin dientes adicta a los somníferos. A veces, mi padre también me toca el pelo, pero solo por encima, como si me peinara. En cambio, cuando lo hace con mamá, su mano desaparece bajo su cabellera rala.

- Mari, solo hasta que me jubile.- me recuerda una y otra vez. – Después yo la cuidaré y tú podrás irte de aquí.
- Pero, ¿adónde iba a ir yo sin ti?- le digo siempre con la mirada.

Mamá me saca de mis pensamientos. S ríe como una hiena y apura el vaso con la lengua, la dosis doble de sedantes no tardará en hacer efecto. No sé porque me he tomado tantas molestias. Con lo aprensiva que es, habría bastado con darle un vaso de agua y decirle que lleva somníferos disueltos para hacerla dormir. Y callar. Pero un día especial como hoy, bien merece todos los honores. Arroja el vaso a la moqueta cuando termina de beber.

- Mariana, recógelo, que se me ha caído. Tu padre está a punto de llegar y no querrás que encuentre un vaso en medio del pasillo, ¿no?- otra vez esa risilla floja, traicionera pero cada vez más floja, más leve, dentro de nada no se reirá ni en sueños.

Llevo la mano al bolsillo de los vaqueros y compruebo que la cuchilla sigue ahí. Después, me agacho para recuperar el cristal. Cuando estoy en el suelo, mamá me da unas palmaditas en la espalda con los nudillos. Se me clavan como puñales.

- Tranquila, yo me ocupo.- le aseguro.

En un par de pasos me desprendo de las garras y llego a la cocina, rumbo al fregadero para enjabonar y aclarar, aclarar y enjabonar, enjabonar y aclarar el vaso de los sedantes antes de meterlo en el lavavajillas. Limpio como una patena, ni a una marmota dormiría ya. Los ronquidos de mamá empiezan a sonar en el tercer enjuague, persistentes, cada vez más largos, más propios de una leona que de una mujer impedida.

La encuentro a medio camino entre los dormitorios y la cocina con la cabeza muerta, ladeada contra el mango de la silla. La lengua a medio asomar entre unos labios entreabiertos, brillantes de saliva. Sí que te quiere papá, sí. Ahora soy yo la que palmea sus omóplatos, su columna, sin carne, casi sin piel. En media horita le tienes aquí, mamá.

Empujo la silla hasta su cuarto, ahora soy yo la que ríe como una hiena. Ahí está bien, sí, al pie de la cama que será mía a partir de hoy. Hoy no la cogeré en brazos para meterla dentro. Sus uñas de bruja no se hundirán en mis hombros. Solo es pellejo y huesos, pero pesa como una condenada.

Rescato la cuchilla del fondo de mis vaqueros y me acerco a mamá. Hasta dormida parece que aprieta los puños, lista para atacar. A lo mejor se despierta en cualquier momento. A lo mejor, debería comprobar lo profundamente dormida que está antes de empezar. Despacio, acerco la cuchilla a sus nudillos. Dejo que resbale entre el corazón y el anular, el anular y el meñique. Luego, la paseo un por el pulgar, el índice. Se le tiñen los dedos de rojo, pero no sangra mucho. No hay de dónde sacar en estas venas viejas. No pasará lo mismo con las mías.

Miro el reloj. Papá está a punto de llegar. Tengo el tiempo justo para meterme en la cama de sábanas desgastadas y dejar caer la cuchilla por mi muñeca. Basta con un par de cortes horizontales. Un dolor agudo me atraviesa la mano. Ahora yo soy la hiena, la leona, mamá. La de las caricias en el pelo y el Barón Dandy. La sangre se desliza por las sábanas, o eso creo, porque la vista se me empieza a nublar. Con la mano buena, coloco la cuchilla entre los nudillos cortados de mamá. Ella sigue inmóvil cuando escucho el sonido de la puerta de la calle.


SOBRE ESTE RELATO

  • Pues llevaba unos días analizando la posibilidad de escribir un relatillo más amoroso de lo que acostumbro, pero se me ocurrió esta idea y me pareció que tenía más gancho.
  • Se basa en el célebre complejo de Electra.
  • Responde a la propuesta de la semana pasada, que consistía en escribir un principio (un buen principio) de cuatro líneas. Este tiene cuatro y media, aunque estas no presentan todo conflicto del relato. Para ello, he necesitado la otra línea y media más que compone el primer párrafo.
  • Me toca leerlo la semana que viene, a ver qué tal...
  • Otra vez estoy parca en comentarios, ¿por qué será?